EL COLOR REALMENTE NO EXISTE
Cuando empiezas a comprender la naturaleza del fenómeno cromático, se observa que, de hecho, el color no existe. Una cosa es que existan todas esas radiaciones en nuestro entorno, como realmente nos demuestra la ciencia y la experimentación cotidiana); y otra cosa es observar el verdadero funcionamiento del ojo humano y sus curiosas reacciones respecto a esas ondas de luz. En la práctica, cuando miramos la luz, sea la luz solar o la de una lámpara, nunca vemos las seis franjas cromáticas a la vez. Solo vemos una simple luz, más o menos blanca; nunca sus colores. ¿Qué es lo que ocurre pues realmente?
Lo que sucede es que, la luz que vemos, es interpretada y codificada por la retina de nuestro sistema óptico; luego, esa codificación es procesada por nuestro cerebro. La luz que penetra en nuestra retina estimula sus células, las cuales poseen unos pigmentos sensibles, como si fueran los pigmentos de una película fotográfica; es el mismo fenómeno. De hecho, la fotografía nació de una imitación de nuestro sistema óptico.
En nuestra retina hay dos tipos de células, unas son llamadas bastoncillos y las otras, conos. Los bastoncillos de nuestra retina son muy poco sensibles a la luz y solamente registran los tonos grises. Sin embargo, los conos de la retina son unas células (menos abundantes que los bastoncillos) que pueden ser de tres tipos, y eso es lo más interesante puesto que, cada uno de los conos de nuestra retina, es sensible a uno de los tres colores primarios.
Es decir, hay un tipo de cono que es sensible tan sólo a la frecuencia del rojo-magenta (750-600 Ä), otro cono es sensible solo al color verde-amarillento (600-500 Ä), y el tercer tipo de cono es sensible solamente a la frecuencia del azul-cián (500-400 Ä). Cada uno es sensible a una determinada franja de frecuencias del espectro.
Los conos sensibles a la luz verde se encuentran situados precisamente en el mismísimo centro de la retina de nuestro ojo, un lugar más equilibrado que los bordes curvados de la retina, donde se encuentran las células sensibles a la luz rojiza y a la luz azulada. Esa situación privilegiada (el centro de nuestra lente) parece ser la razón por la que el verde claro resulta un color que produce tanta relajación y equilibrio (como la contemplación de la vegetación, que no por casualidad es mayormente verde).
Al entrar la luz blanquinosa en nuestros ojos, los tres conos reaccionan a ella gracias a esa combinación óptica de células sensibles a las tres frecuencias básicas (rojizas, verdosas y azuladas) que nos permite, junto a la captación de los tonos grises que registran los bastoncillos de nuestra retina, poder contemplar las múltiples tonalidades de la vida.
Por otro lado, los objetos que vemos en sí mismos no tienen un color, tan sólo 'los vemos' de un color. Ese es un fenómeno muy importante que no siempre se tiene en cuenta. Cuando a un objeto le da la luz, solo cuando incide la luz en él, sus moléculas absorben todas las frecuencias de la luz, menos una. Esta frecuencia que no absorbe, el objeto la refracta o la devuelve hacia el exterior, y esa frecuencia es precisamente lo que hace que nosotros lo veamos de un color determinado. Cuando una pared la vemos de color rojo, por ejemplo, es que nuestra retina admite toda la luz visible pero rechaza una frecuencia concreta, la que corresponde al rojo.
Pongamos el ejemplo de un papel... o un jarrón, pintado de color azul. Lo que ocurre es que la pintura del jarrón ha recibido luz (procedente de una ventana o de una lámpara) y por tanto ha recibido todos los colores y frecuencias del espectro lumínico. El tipo de pintura del jarrón, las determinadas moléculas que componen la pintura, han absorbido todas las frecuencias... menos la del color azul (rechaza las frecuencias de 450-500 Ä), que la refracta o la devuelve en sentido contrario. Por eso vemos el jarro azul, porque nos ha reflejado hacia nuestra retina una radiación, pongamos por caso, de 468 Ä (un tono determinado de azul), mientras que todas las demás radiaciones o colores de la luz... las ha absorbido en su interior.
De ese objeto, al que solamente le incide una luz, nuestra retina registra la información de sus moléculas, combina esa información, la codifica y la devuelve. Sin embargo, en nuestro ojo, han entrado todos los colores de la luz. Es decir: en nosotros solamente ha entrado luz; pero hemos registrado tan sólo ‘una porción’ de ella.
Todos esos fenómenos ponen de manifiesto que la luz es una entidad muy singular, extraordinariamente compleja y sutil, pero es una entidad que convive con nosotros a diario, aunque ignoremos sus peculiaridades, aunque desconozcamos su naturaleza en gran medida. Por tanto, los hombres realmente desconocemos el alcance de los efectos de la luz y su enorme potencial utilizable, tanto para nuestro cuerpo biológico como para nuestra mente y nuestra alma. Esta parte del libro trata de dar un poco de luz al fenómeno del color (valga la paradoja...), con el fin de facilitar al lector el llegar a emplear el cromatismo de una forma coherente para la vida, en nuestra salud, en nuestro trabajo y en cualquier rincón de nuestro espacio vital.
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