Todos los fenómenos existentes, sean sonidos, calor, color, o energías de diferente índole, en las que está incluidas las ondas del pensamiento humano, son una forma de luz y de radiación que forman parte integrante del vasto campo electromagnético que nos rodea, por dentro y por fuera, sea o no sea visible. Eso realmente nos hace comprender que todas las radiaciones interactúen unas con otras y que todos estos registros distintos influyen en nuestro campo aural, energético y biológico.
Todos esos aspectos que nos parecen diferentes, en realidad son lo mismo, actuando en diferentes octavas, e inter-penetrándose mutuamente en diferentes frecuencias armónicas. Nuestra vista reacciona solamente a una octava concreta (la de los colores), pero nuestros otros sentidos, y nuestra piel (llena de receptores), todos nuestros átomos celulares, nuestro cerebro, nuestras emociones y nuestro campo de radiación mental, todo en nuestro ser reacciona ante todas las radiaciones existentes en nuestro universo, una reacción que puede ser captada consciente o inconscientemente, y con más o menos sensibilidad.
Diversas observaciones y experiencias revelan que cuando las células de un ser vivo son sometidas a la acción del color, éstas reaccionan de tres maneras diferentes: estimulando su crecimiento, inhibiendo o relajando su funcionamiento, o bien destruyendo por completo la célula.
Esto naturalmente también ocurre con otras radiaciones (Rx, Uva, Gamma, Microondas, etc.). La conocida radioterapia empleada para detener el crecimiento celular mórbido, como en el caso de un cáncer, no es nada más que una luz de onda ultracorta y de muy alta frecuencia, que aniquila por completo las células enfermas cancerígenas, aunque no lo hace de forma diferenciada o selectiva sino que destruye también miles de células sanas del ser humano. Esta es la razón por la que, cuando hacemos radioterapia, nos baja tanto el sistema inmunitario, puesto que esta técnica se lo carga todo; en realidad, es un verdadero milagro que sobrevivamos a estas técnicas curativas tan drásticas y creo sinceramente que deberíamos agradecer y honrar a diario que nuestro cuerpo posea esa inmensa e inacabable fuerza creadora, regenerativa y constructiva.
Es evidente que también nuestra psicología responde al color pues todos sabemos que no nos sentimos igual vestidos con un traje rojo que con uno blanco, o no nos sentimos indiferentes al colocar un gran cuadro de tonos negros y grises en nuestro despacho, o de escogerlo de tonos amarillos, naranjas y verdes; de alguna forma nuestro cerebro registra que el cromatismo del cuadro en cuestión va a influir en nuestra forma de trabajar, aunque no sepamos ‘como’ influye.
El ser humano está constituido mayormente por agua, lo que hace que se encuentre en un proceso electrolítico permanente; por tanto, genera constantemente un campo electromagnético a su alrededor. Este campo de energía propio de nuestro complejo ser, interactúa con los otros campos emitidos por el resto de seres vivos que circulan a nuestro alrededor; pero no olvidemos que nuestro ser... también reacciona ante las moléculas de todo objeto que se acerque o penetre en nuestro campo áurico, puesto que cada molécula de cualquier objeto tiene siempre una cierta carga electromagnética.
Puede afirmarse pues que dos campos electromagnéticos, generados por cualquier tipo de molécula, siempre que se acercan el uno al otro, o se intercalan entre sí, actúan uno sobre el otro. Y estas dos fuerzas se interfieren y se influencian ‘mutuamente’ (o sea, tú… también influyes sobre el objeto) debido al fenómeno físico de 'resonancia', de empatía o de acoplamiento.
Nuestro cuerpo es como un gran condensador electrolítico que va variando constantemente de intensidad y de frecuencia vibratoria. Este gran condensador eléctrico, nuestro organismo, regula y guarda la corriente del cuerpo para ser utilizada en un momento edecuado. Así pues, todo ser humano crea un fenómeno eléctrico a su alrededor. En la vida diaria, cuando dos personas se acercan, por ejemplo, se establece una influencia eléctrica mutua.
Nuestros campos electromagnéticos o áuricos, siempre están interactuando. Cada individuo que se relaciona con nosotros (en el trabajo, en la amistad o en las relaciones íntimas) emite unos códigos que resuenan en nuestro ser biológico o psicológico; dicho de otro modo, cada persona emite unas ondas que se acoplan, o se rechazan, o sintonizan con nuestras propias ondas. Y nos aportan salud... o todo lo contrario.
En realidad puede decirse que todo a nuestro alrededor nos informa. Cualquier cosa o persona, nos envía señales (y eso no es un fenómeno “voluntario” desde luego, es simplemente un automatismo natural). Estos códigos que nos envía el entorno, penetran en nuestro ser físico y en nuestro ser emocional. Si toda esta información que constantemente recibimos altera nuestro campo electromagnético, consecuentemente también altera nuestro comportamiento general (de forma positiva o no, expansiva o restrictiva), e interviene en nuestro estado emocional y en nuestro equilibrio mental, no solamente orgánico.
Todo está en un proceso de continua acción-reacción. En el fondo, todo el proceso de evolución y mantenimiento de la vida se basa en esos permanentes fenómenos eléctricos. De hecho, puede decirse perfectamente que en el organismo no existen exactamente “reacciones químicas” sino electroquímicas. Somos fundamentalmente electricidad y energía.
Y la materia sigue a la energía.
Y la energía sigue a la conciencia.
Es preciso recordar que, en el ser humano, los procesos mentales tienen una frecuencia vibratoria más alta que sus procesos emocionales (los cuales son de una frecuencia inferior y más densa). A su vez, nuestras emociones tienen una frecuencia más alta que nuestros procesos físicos y orgánicos (que vibran de una forma más lenta y más densa que las ondas emocionales). Es como una cascada energética que va de lo sutil a lo denso, desde la energía de nuestros pensamientos (a través de nuestras emociones) hasta la energía de nuestros órganos y moléculas corporales.
Pero no podemos olvidar que toda molécula emite una radiación determinada. No sólo es la naturaleza, el raciocinio humano, los sentimientos y las células los que emiten ondas (de una determinada frecuencia); también cualquier objeto a nuestro alrededor, que está compuesto de átomos y moléculas, cualquier material “inorgánico”, con sus diversas formas y colores, emiten también una radiación (con cierta longitud de onda) y tienen, como nosotros, un cierto campo electromagnético propio de cada objeto. Así, todo objeto es un conductor de radiaciones (ya sea hecho de un material más conductor o menos de la electricidad, metal, plástico, madera, ropa, etc.); y todo material puede cargarse electroestáticamente, por tanto genera necesariamente un campo de fuerza a su alrededor.
De esta manera, cuando el campo radiante de un objeto (como puede ser un simple mueble, una casa, un cuadro, una joya, un medicamento o un substrato terapéutico como un gránulo de lactosa o un filtro geocrom...) cuando su energía penetra dentro de nuestro campo electromagnético, entonces, el campo generado por aquel objeto interviene en nuestro campo de energía y se produce el fenómeno de igualación mutua de frecuencias o “sintonización”; sería parecido con lo que ocurre con los vasos comunicantes. De la misma manera, nuestro propio campo también influye sobre el campo de energía del objeto. Este dato va a ser importante para los próximos capítulos cuando veamos la relación que existe entre nuestro ser entero y el color que nos rodea.
Este proceso de “sintonizar” o igualar frecuencias es de suma importancia; no sólo es importante en cualquier proceso terapéutico sino en nuestro ambiente y en la misma vida cotidiana. En física, la ley de Coulomb nos explica que entre dos campos en interacción, el campo donde hay más carga electromagnética, entra en el campo de menor carga, y a la inversa; es decir, se realiza un intercambio de cargas que acaba igualando las frecuencias de los dos campos. Es decir: un campo influye siempre en otro campo y las variaciones de un campo hacen variar al otro. En el mundo de los líquidos, el fenómeno de los ‘vasos comunicantes’ es prácticamente el mismo.
En el mundo de las ondas, como ya hemos dicho con anterioridad, un campo áurico o electromagnético puede variar por la recepción de la suma de ondas cromáticas y mórficas de un cuadro, o bien por una simple onda de pensamiento. Según la armonía del cuadro o la calidad del pensamiento recibido, nuestro campo variará favorable o desfavorablemente. Cuando la frecuencia de ondas de alguien o de algo, penetra en nuestro campo electromagnético, envía una señal específica a nuestro cerebro; éste ordena la señal, la codifica, la utiliza, y responde en consecuencia al tipo de señal recibida.
En líneas generales puede decirse que el hemisferio derecho del cerebro es fundamentalmente magnético y coordina este tipo de energía (las radiaciones de tipo magnético). Sin embargo, el hemisferio izquierdo es fundamentalmente eléctrico y establece una mejor relación con las señales de tipo eléctrico y las procesa. Es evidente que los dos hemisferios están coordinados y trabajan al mismo tiempo, pero, en general, la energía de tipo eléctrico coordina lo más denso y material, como las funciones del cuerpo físico, el sistema nervioso y el raciocinio. Por el contrario, la energía magnética, es decir, del hemisferio derecho, coordina todas las funciones menos densas o más sutiles, como las radiaciones emocionales, la intuición y la creatividad.
La fuerza lumínica, por ser también una radiación electro-magnética, es del todo evidente que influye enormemente en el campo de fuerza del ser humano y en sus dos hemisferios cerebrales. La luz y sus actos, los colores, son una energía activa y dinámica; el fenómeno de la luz nada tiene que ver con lo estático. La energía lumínica es como un fluido, un flujo en constante movimiento. Igual que el sonido, los colores pueden resonar en nuestra mente y en nuestras emociones, modificando comportamientos psíquicos. A la vez, el fluido del color alcanza también niveles físicos, por tanto, cada color modifica parte del comportamiento celular, ya que nada es independiente o inconexo, como sabemos.
No obstante, y haciendo un salto de más de dos mil años, actualmente se sabe que los núcleos de nuestras células reaccionan a las radiaciones en general; y un ejemplo de ello es la aplicación de la radioterapia en el cáncer, o bien del láser cuando se quiere hacer una reestructuración de los tejidos que han sufrido un trauma, entre otras aplicaciones. De hecho, cualquier enfermedad es un desarreglo en la estructura atómica de unas determinadas células. Este desarreglo de los átomos celulares puede ser causado o bien por una sobreestimulación, o bien por una infraestimulación de los núcleos atómicos de aquellas células.
Desde la más mínima célula hasta un órgano entero o todo un sistema, es decir, todo nuestro cuerpo, absorbe luz y emite luz, absorbe o emite constantemente vibraciones de determinadas frecuencias y longitudes de onda. Hay un constante entrar y salir de ondas electromagnéticas en nosotros.
Nuestras emociones son precisamente las que o bien retardan, o bien activan este proceso. Las emociones y el impacto que ellas ejercen sobre nuestro ser entero, son las que incrementan o disminuyen la absorción o la irradiación de los átomos del cuerpo. Por ejemplo, un estado de apatía, o de poca vitalidad, es una disminución de la vibración electromagnética de los átomos; la emoción (o las circunstancias y los pensamientos) que nos proporciona apatía y tristeza, nos baja enormemente la capacidad de absorción de energía y también baja nuestra capacidad de irradiarla al exterior.
Esta capacidad de absorber y de emanar radiación lumínica es precisamente lo que marca el tono energético de un ser humano. Vamos a poner el ejemplo de tres grados vibratorios de este gran proceso de absorción-emanación lumínica. Los simples estados de cansancio y de desvitalización son una disminución del tono vibratorio de nuestro campo energético en general.
El segundo grado vibratorio sería la enfermedad, que es como una ausencia de tono, generalmente localizada en una parte del cuerpo, pero que termina afectando a la vibración del resto de átomos del organismo por simpatía o sintonía de ondas.
La muerte es ya una ausencia de tono vibratorio, una ausencia absoluta de la capacidad de absorción y de emanación de luz por parte de nuestros átomos celulares. Una célula moribunda se sabe que emana ondas muy cortas, mientras que una célula sana es más reactiva, más ágil, y emana ondas más largas. La muerte es pues... una interrupción de la capacidad reactiva; el cuerpo ya no reacciona ante ninguna radiación o influencia electromagnética.
Los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad reactiva, muchas veces desestimada, y también poseemos emociones reguladoras de esa reactividad y sensibilidad natural.